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Despacio, como relamiendo el asfalto,
la pura sed del atropello,
la mimética beatitud de las ventanas que corren
sus velos sobre el alfombrado crepitar de los cojines.
Y llueve...
llueven injusticias...
llueven soledades...
llueve hambre...
llueve la eterna desazón del que no sabe como abrocharse la vida,
como desmembrar su eco,
como tiznarla con el azúcar preciso y el acíbar suficiente.
Y los paraguas saben a atropello,
a lenguas que se cruzan en conversaciones no latentes,
a díscolas madreperlas que crecen, huérfanas,
en el oscuro laberinto de una despedida sin norte.
Pero llueve... y eso es lo importante...
este torrentero de líquida armonía, se llevara el silencio,
la ira que nos divide,
el odio que nos limita,
y ese sabor a rancia primavera comprada
en los mercados que especulan con la sangre de tanta víctima inocente.

4

ME ECHO DE MENOS

Me echo de menos cuando descuelgo el teléfono y no reconozco mi voz,
cuando me lloro sin lágrimas y me consuelo sin pañuelos planchados,
cuando desisto de las nueces y el chocolate, de la sopa de lluvia,
de los asmáticos helados de otoño a la sombra de una acacia desnuda.
Me echo de menos siempre que inauguro una duda más,
siempre que destemplo los calendarios con vacíos de noctámbulas ausencias,
siempre que me busco en los buzones con añorada nostalgia
de matasellos agridulces que evoquen paraísos almendrados.
Me echo de menos ahora, que escribo desrimando secretos enfermizos,
ahora que rimo desescribiendo verdades de patios vecinales,
ahora que me echo a volar como cada día y, como cada día,
caigo de bruces en la soledad imprevisible de la libertad negada.
Me echo de menos cuando me busco en la vivencia de los ojos ausentes
y sólo encuentro latidos de ignorada distancia.

Si te asomarás al crepuscular silencio que habita mis venas
podrías contemplar la orquídea desnatada que alienta los silencios,
el tímido sendero de sanguíneas avenidas
sembrado de olvido por los íntimos costados.
Un páramo desierto donde la esperanza naufraga
en el barlovento lírico de la vida fugaz, enigmática y diáfana,
ascua de lluvia que remansa verdades a medias
sobre un ígneo despertar de bocas hambrientas.
Si quisieras mirar más allá de mis ojos,
si quisieras...
si yo te dejara...

Los muertos solo quieren paz, por eso levitan por los huertos húmedos de la memoria, como escolopendras de verano, ajenas al calor y al llanto, a la inmediata luz de los cuerpos ascendentes.
Los muertos quieren ser dignos y efímeros, con la justa eternidad de un suspiro baldío, de una delicada beatitud que revierte en los pozos animados de la memoria más digna.
Son los muertos del precipicio eterno, los del olvido perpetuo e insidioso, los desapegados del mundo y sus ancestros. Los que solo quieren ausentarse del pozo y las cenizas, de las fotografías enclaustradas en portarretratos dorados sobre el humo perenne del blanco y negro.
Los muertos solo quieren olvidarse del carnal sufrimiento y, a menudo, los vivos también.