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Su destino era de pluma, de eternidad etérea y enamorada.
De grácil transparencia lírica.
Por eso cuando me pidió abrir la puerta, con la mirada puesta en el infinito, las alas recién planchadas para el viaje de las estrellas, le dije que no se olvidara la sonrisa ni la maleta de caricias azules y que esa puerta quedaba abierta para siempre porque la llave la había tirado al pozo de la esperanza.
Su destino era la luz,
mientras yo sigo buscando, todavía, mi tímida lámpara.

Todo es sencillo porque nada perdura para siempre.
El universo entero cabe en un huevo.
Un huevo que acaba convirtiéndose en tortilla
y que aplaca el único hambre al que aspiramos:
sobrevivir más allá de nuestros propios enigmas.

Te estuve esperando toda la tarde.
El sol caía, como una cortina de desoladas bombillas, más allá del tiempo innombrable de la memoria.
Un rumor de viento, engalanado de sal y ámbar, me despeinaba el silencio
y todo el universo fue mío
sobre la última copa de los viñedos azules.
Te dije que te esperaría hasta el fin del mundo,
hasta que la cornisa del tiempo me empujara al vacío del olvido,
hasta que las sábanas se fueran perdiendo
entre el aroma confuso de un adiós sin café ni sílabas.
Chopin agonizaba en las cuerdas del violín
y una marea de abrazos perpetuos iba inundando la arena de la playa marchita.
No viniste entonces. Ni nunca.
A partir de entonces dejé de creer en los milagros y me convertí en sirena.

Pintura | Jack Vettriano


Todavía recuerdo la primera vez que me llamaron “señora”. Apenas había cumplido los veinticinco, tenía el peso de una pluma y la memoria intacta como una virgen de telenovela. Fue en Jerez de la Frontera, estaba de gira haciendo de novicia en una obra de teatro y aquel camarero, harto de servir tapas de chopitos; desear el mar: tan lejos- tan cerca o escuchar rugir los motores con una voracidad de gasolina desalmada, me miró de soslayo y soltó un “zeñora” que me traspasó el alma. Aquella zeta díscola, tan amorosamente cercana, me asaeteó el corazón. Ese sábado de abril se cerró una puerta, para abrirse una ventana.
A partir de entonces una se acostumbra a todo. Los años van pasando cruzando apelativos como sombras de moho en las paredes desconchadas. Ser “señora” es símbolo de profundidad en la memoria y lo acoplas a tu vida con la voracidad urgente del calendario. Pero siempre hay un escalón más, y los cambios nunca son buenos, al menos en un principio.
Acaban de llamarme “abuela”, que por mi edad bien lo podría ser, pero es que yo sigo sintiéndome tan virginalmente dispuesta al asombro que me parece imposible que alguien pueda confundirme con una octogenaria en su último aliento de digna decrepitud.
En esta ocasión la niña apenas tiene unos seis años, yo cuadriplico el peso de la pluma y hoy no me he peinado porque no me acuerdo donde he escondido el peine entre esta inmensa maleta de recuerdos y calcetines remendados.
Las aves de la sierra de Cuenca parecen corear calendarios sobre la última cerveza fresca de la tarde. Yo sé que los niños y los pájaros siempre dicen la verdad, pero solo a veces, muy de cuando en cuando.