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Cambiar el calendario así, de repente. Descolgar la foto de los gatos amorosos para plantar bambú en medio de la pared desierta y con desconchones de siglos. Mirar hacia atrás con los  ojos anegados de benevolencia para girar las cervicales hacia el camino que nos viene plagado de  esperanza. Tomar impulso. Respirar tres veces e imaginarse alas allá donde el desaliento toma voz y se hace fruto. Llenarse los bolsillos de fe, de luz gratuita, de latido y lluvia y volver a calzarse, nuevamente, las botas impermeables de la vida.
Os sigo esperando en el camino.

8

Como te lo digo, Maricapi, con los labios recién pintados, una buena pasada de peine y las ingles impolutas, cogí de la mano a mi niña, que iba a la par con mi apariencia desnaturalizada, y nos fuimos a pasearnos tranquilamente por "El Corte Inglés" cual dos poseedoras de una Visa Oro incombustible.
Planta Baja: "Sí que huele bien este perfume, es cierto que parece tan sensual como en el anuncio, pero no sé, me lo voy a pensar, señorita".
Planta Primera: "Vaya que es hermosa esta Montblanc, y por el precio seguro que habrá pertenecido al mismísimo Alejandro Dumas, por cierto ¿no la tendrá usted en versión bic cuatro colores?".
Planta Segunda: "Por favor, la talla 42 de este modelito de Carolina Herrera, ¿dónde están los probadores?, ¿cómo se atreve a decirme que no me entra?, pues por grosera ahí se queda y la percha me la llevo de recuerdo".
Planta Tercera: "Mira, mira, que corbata para tu padre, seda salvaje, pintada a mano... lo malo es que ahora las florecitas ya no se llevan, ahora somos más de pájaros".
Planta Cuarta: "Trae aquí la cabeza que te voy a probar esta pamela bautismal que vas a ser la envidia de todo el barrio. Si es que eres guapa hasta con los diseños más inútiles, y si no que se lo digan a la de la Prada".
Planta Quinta: "¿Los skies los venden por pares o puedo comprar uno para mi cuñado el cojo?".
Planta Sexta: "¡Qué diseño, qué glamour, qué categoría de última tecnología super-ergonómica!... esto es planchar y lo demás es batallar con el mundo hostil de las arrugas!".

Sin compras, sin bolsas ni lazos y sin desenfundar la cartera, tal como entramos nos fuimos. Mi marido nos esperaba en la puerta después de haber ido a denunciar a su empresa por fuga e impago en Magistratura de Trabajo. Ahora nos tocaba ir al BBVA a reclamarles el atraco de las comisiones.
Intenté matar a la cigarra que hablaba de la feliz navidad en la cornisa del Cortylandia, pero ya no me quedaban ánimos ni para aplastarla con un poema.

Deshacerse del moho enquistado que acumulan las tétricas paredes de ladrillos asimétricos, ventanas medio abiertas y balcones que asoman a un paisaje de árboles de plástico.
Acostumbrarse a que se peguen las lentejas, a que batallen los garbanzos o enseñen su lascivia imperecedera esos fideos que inventan eternas coreografías más allá del “avecrem” o de la sopa rápida desnatada y sin tiempo.
Amarte con la prisa justa de un segundo eterno o del siglo que acumula verdades a medias entre juicios y fuego. Dejar que la vanidad del instante lo borre todo para renacerlo después entre bautismos inútiles y comuniones sin velo.
Es la eterna incógnita, la fórmula inexacta que explosiona entre el oxígeno y el beso, la variable que llena de luz el átomo que retoma el barro bajo el mismo llanto de la órbita y el sueño.
Es amar todavía, pese a todo, pese al tiempo y la memoria. Más allá de nosotros mismos, de los labios y los brazos. Mucho más lejos de toda lógica, como si un dios sin miedo nos hubiera unido en el horizonte de una ensoñación retórica sólo apta para el olvido del fuego, de la nada brutal y cotidiana que desliza sus tentáculos de perecedera eternidad en el trasfondo del calendario.